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Molécula detiene la ingesta de comida y activa el “modo siesta”

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Investigadores identifican una molécula que le dice al cerebro que ha llegado el momento de decirle no a un segundo pedazo pastel de calabaza y alejarse de la mesa del Día de Acción de Gracias.

Unos investigadores han identificado una molécula que le dice al cerebro que el estómago está lleno -indicando que ha llegado el momento de decirle no a un segundo pedazo pastel de calabaza y alejarse de la mesa del Día de Acción de Gracias-.

En estudios con ratones y ratas, investigadores han encontrado que un mensajero químico llamado NAPE se genera en el intestino delgado luego que los animales comen una comida rica en grasa. Después de comer, NAPE—N-acilfosfatidiletanolamina—entra en la sangre y viaja hasta el cerebro, donde anula las señales del hambre. Las ratas tratadas con NAPE adicional por cinco días comieron menos y perdieron peso, lo que sugiere que el estudio de NAPE podría ayudar a que los investigadores diseñen supresores del apetito o drogas para la obesidad mejores.

El investigador del Instituto Médico Howard Hughes, Gerald Shulman, en la Facultad de Medicina de Yale condujo el equipo de investigación, que publicó sus resultados en el número del 26 de noviembre de 2008, de la revista Cell. El grupo de investigación de Shulman es muy conocido por su trabajo sobre el estudio de cómo se desarrolla la resistencia a la insulina y lleva a la diabetes. En el curso de esa investigación, su equipo desarrolló un sistema sensible para identificar y medir lípidos en muestras de tejido. Después de ver el poder de ese sistema en su investigación de diabetes, Shulman estaba ansioso por ver si también podría aplicarse al estudio de la obesidad.

Unos 300 millones de adultos en el mundo tienen sobrepeso severo y corren riesgo de padecer enfermedades peligrosas para la vida tales como la diabetes tipo 2 y la enfermedad cardiovascular. Pero la obesidad es difícil de tratar. “No tenemos buenas terapias médicas para la obesidad”, dice Shulman, haciendo notar que las pocas drogas para dietas que ahora están en el mercado tienen efectos secundarios intolerables y sólo tienen impactos modestos en el peso. “Es muy importante encontrar otros blancos de ataque que puedan afectar la ingesta de comida”.

A pesar de muchos años de estudio de la fisiología del apetito y del hambre, los investigadores todavía no tienen una idea clara de cómo el cerebro controla el consumo de grasa. La grasa sacia el hambre eficazmente, así que Shulman y sus colegas en Yale y en la Universidad de Cincinnati decidieron ver si podrían descubrir si el cerebro detecta directamente lípidos. Si podrían aprender cómo sucede eso, sospechaban, sus resultados podrían indicar el camino hacia un nuevo tratamiento para la obesidad.

El equipo utilizó el sistema de análisis de lípidos de Shulman para investigar qué les sucede a las grasas que entran en la sangre después de injerir una comida de alto contenido graso. Los científicos razonaron que los derivados grasos que entran en la circulación sanguínea podrían servir como mensajeros para indicarle al cerebro que el cuerpo ha sido alimentado. Utilizaron esta metodología para comparar los lípidos presentes en plasma sanguíneo de ratas que habían ayunado o que habían comido, y se centraron en NAPE.

Encontraron niveles bajos de NAPE sólo en la sangre de ratas que habían ayunado por 12 horas. El nivel de NAPE aumentó entre un 40 y 50 por ciento en los animales que habían ingerido una comida con alto contenido grado. Además, NAPE no aumentó en los roedores que comieron sólo proteínas o carbohidratos, sugiriendo que los niveles de NAPE reflejan la cantidad de grasa ingerida en una comida.

Los investigadores encontraron que cuando inyectaron NAPE sintética en la cavidad abdominal o en la sangre, el apetito de los roedores disminuyó substancialmente. Cuanto más NAPE recibieron, menos alimento comieron. “Es realmente muy eficaz,” dice Shulman. “En las dosis más altas, evita que los animales coman por hasta 12 horas”. En una dosis baja—comparable al pico de NAPE que ocurre naturalmente después de una comida- los roedores tratados todavía comieron 25 por ciento menos que los controles. Incluso actuaron como si estuvieran llenos, entrando en un “modo siesta” como si acabaran de comer, dice Shulman, haciendo notar que pruebas adicionales confirmaron que los animales sólo estaban letárgicos, no enfermos o incapacitados.

Cuando los investigadores entregaron cantidades minúsculas de NAPE directamente en el cerebro, observaron el mismo efecto de una dosis más grande entregada en la sangre. Esto sugiere que el compuesto se comunica directamente con el cerebro, dice Shulman.

De hecho, encontraron que NAPE inyectada en la sangre cruzó la barrera ematocefálica y se concentró en el hipotálamo, que es la región específica del cerebro que gobierna el hambre. Allí, encontraron que NAPE calmó las neuronas que estimulan el apetito. El equipo llegó a esas conclusiones después de examinar las muestras de cerebro que habían sido teñidas para revelar las células en las cuales NAPE estaba activa. “La mayoría de la regulación del apetito es hipotalámica, así que nos entusiasmó que [NAPE] funcionara centralmente”, dice Shulman. “Eso sugiere que [NAPE] está involucrada en el eje intestino-cerebro. Es una forma en la que el intestino le comunica al cerebro que está entrando energía y que se necesita frenar la ingesta de comida”.

El equipo después quiso saber si NAPE mantendría la eficacia durante un tratamiento a más largo plazo, así que equiparon a 22 ratas con chalecos que les permitía moverse libremente en sus jaulas mientras estaban conectadas a un dispositivo intravenoso que dispensaba NAPE. Los chalecos les permitieron a las ratas comer, dormir y descansar mientras recibían infusiones de NAPE. Durante cinco días, las ratas control continuaron ganando peso normalmente, pero las ratas tratadas con NAPE comieron menos y perdieron el diez por ciento de su peso corporal -mientras su apariencia fue buena y saludable-.

Shulman y su equipo ahora están monitoreando los niveles de NAPE en seres humanos, para ver si aumentan después de una comida de la misma manera que sucede en roedores. También planean probar los efectos de NAPE sobre el apetito en primates no humanos. Si estos estudios brindan resultados paralelos a los resultados que han observado en ratones y ratas, Shulman dice que un estudio clínico con NAPE o compuestos semejantes a NAPE podría verse en el horizonte.

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