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El ratón doméstico común ha estado asociado con la humanidad, principalmente como huésped no invitado, desde el comienzo de la civilización hace unos 10.000 años. Fue entonces cuando los seres humanos desarrollaron la capacidad de cultivar, de construir viviendas, almacenar granos y comestibles y de derramar algunos bocados y migajas para alimentar poblaciones furtivas de roedores domésticos.
"Con reservas de alimento en graneros y alacenas, el ratón doméstico comenzó su larga y entrelazada historia con la humanidad", escribe Lee M. Silver en su libro Mouse Genetics. De hecho, hace notar que se puede encontrar el origen del nombre científico de este ratón particular, Mus musculus, en la palabra mush del antiguo sánscrito, que significa "robar".
A pesar de su herencia de ratería, el ratón está a punto de darle a los seres humanos uno de los mejores regalos posibles: una herramienta que nos ayudará a encontrar el sentido biológico de nosotros mismos. Esto se debe a que, entre todos los organismos modelos utilizados por los científicos para explorar la genética, el ratón es, hablando biológicamente, un alma gemela. Los ratones están genéticamente tan cerca de los seres humanos que Ira Herskowitz, genetista de levadura de la Universidad de California, en San Francisco, una vez comentó, "no considero al ratón como un organismo modelo. El ratón es sólo una versión más atractiva del ser humano, es un ser humano tamaño bolsillo".
En los últimos 5 o 10 años, se ha dado en biología un surgimiento del diálogo entre la investigación genética de ratones y los intentos por lograr una mayor comprensión de los seres humanos (a nivel genético y médico). Es un diálogo que se convirtió en una conversación ensordecedora cuando el Proyecto del Genoma Humano, iniciativa masiva financiada federalmente para mapear y secuenciar cada gen humano, entró en sus etapas finales.
A diferencia de otros organismos modelos en los cuales los genes se pueden mutar a voluntad, el ratón promete decirnos cosas sobre la función de genes involucrados en los mecanismos de cómo pensamos y sentimos, cómo recordamos, cómo nos reproducimos, incluso cómo engordamos. Los ratones ya nos están diciendo cómo ocurren ciertas enfermedades humanas, y algún día nos dirán que tan eficientes serán las nuevas medicinas. "La secuencia del ratón será la piedra de Rosetta que nos ayudará a interpretar el genoma humano", predice Shirley Tilghman, exinvestigadora de Hughes y actualmente presidenta de la Universidad de Princeton.
"Simplemente mire esto", dice Tilghman. Sobre su falda se encuentra una revista que contiene un póster del cromosoma humano 22, el primero de los 23 cromosomas humanos que tuvo todo su ADN secuenciado. "Observe los espacios aquí y aquí", dice. Un mapa esquemático de la secuencia, que muestra una serie superpuesta de largos y multicolores carriles que se extienden a través de la página como una partitura musical psicodélica; de hecho, posee numerosos intervalos inexplicables, pequeñas partes de tierra virgen en el medio de un nuevo y magnífico territorio genético que se empieza a vislumbrar. "Hay mucho en esta secuencia que todavía no comprendemos".
Ésa puede ser la mejor explicación de por qué los investigadores creen que es esencial mantener al ratón como compañero de viaje al emprender nuestra expedición hacia la biología de siglo 21, incluso después de tener la secuencia humana disponible.
"La explicación más fácil es porque los seres humanos no son un organismo experimental", dice Tilghman. Lo dice riéndose, pero es una observación engañosamente simple. Apenas se sale de su oficina se ven filas y filas de mesadas de laboratorio, equipadas con todas las herramientas de alta potencia de investigación biológica moderna. Aquí, como en numerosos laboratorios en todo el mundo, los investigadores se encuentran ocupados con los genes, borrándolos, mejorándolos, potenciándolos y, en otros casos, haciendo lo que pueden con los genes de un mamífero biológicamente cercano a nosotros, con la esperanza de crear mutantes que exhiban efectos importantes. La creación deliberada de mutantes, por supuesto, no es algo que se pueda hacer con los seres humanos".
Stephen S. Hall
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 El primer gen mamífero que se clonó el gen de ratón para la betaglobina se ve proyectado detrás de Shirley Tilghman, promovedora importante en la campaña para secuenciar los genomas de ratón y de seres humanos.
Foto: Kay Chernush


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