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Fue un poco por casualidad y para colmo tal vez un poco loco, dice
Ulrike Heberlein, joven genetista que había aprendido su
trabajo trabajar con moscas cuando era una estudiante posdoctoral en
el laboratorio de Gerald Rubin, de la Universidad de California, en
Berkeley. Había estudiado el desarrollo de los ojos de las
moscas, que era lo que hacía Rubin. Sin embargo, en 1993,
Heberlein ya tenía 37 años y debía encontrar
trabajo. "Se puede ser estudiante posdoctoral sólo por un
tiempo", dice. "Tienes que avanzar en la vida y hacerte
independiente". Así que obtuvo un trabajo en la
Clínica y Centro de Investigación Ernest Gallo, de la
Universidad de California, en San Francisco.
El Centro Gallo, que está parcialmente financiado por el
bodeguero Ernest Gallo, busca nuevas formas de tratar el alcoholismo.
La tarea de Heberlein era buscar la base genética del
alcoholismo en las moscas de la fruta.
"Querían saber si se podía utilizar la
genética de Drosophila como modelo para los comportamientos inducidos por el alcohol", dice Heberlein.
"Pensaba que era extremadamente arriesgado. Si no funcionaba,
habría invertido una enorme cantidad de mi vida como
científica en esto. Y casi todo el mundo pensaba que era un poco
loco". Pero, agrega, "deseaba este trabajo y no me opongo
necesariamente a hacer cosas locas".
El primer paso de la investigación, dice Heberlein, era
establecer qué les sucede a las moscas cuando se embriagan. Dice
que a pesar de que la literatura científica era "bastante
extensa" sobre los efectos tóxicos del alcohol en moscas,
había bastante poco sobre lo que sucedía cuando se
exponía a las moscas a cantidades bajas y moderadas de alcohol
lo que sucedía, en efecto, a medida que pasaban de sobrias a
ebrias.
Heberlein tomó algunas moscas, las puso en una caja
plástica transparente y bombeó un poco de vapor de etanol
(el etanol es el alcohol de las bebidas alcohólicas). Las moscas
respiraron el vapor y terminaron con lo suficiente en sus sistemas para
que, según los estándares aplicados a los seres humanos,
estuvieran intoxicadas legalmente y fueran un peligro en las
carreteras. El comportamiento de las moscas era curiosamente familiar:
"En los primeros minutos de exposición al alcohol, las
moscas se volvían extremadamente hiperactivas", dice.
"Poco después de esa etapa se volvían incoordinadas
a medida que aumentaban los niveles de alcohol en sus sistemas, y
entonces comenzaban a caer. Eventualmente, se desmayaban".
Gary A. Taubes
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 Ulrike Heberlein observa a las moscas cuando pasan por su embriagómetro, dispositivo que mide su reacción al alcohol.
Foto: Kay Chernush


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