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Cuando crecemos, llega el momento en el que nos enfrentamos a la
evidencia irrefutable de que simplemente no somos como los
demás. Para Jenica Chekouras, esto sucedió por primera
vez cuando tenía seis años, era hija única criada
en una granja en el norte de Wisconsin y tenía un cuerpo lleno
de pecas que Jenica ahora llama "extraños lunares".
Su madre la llevó a un médico que diagnosticó que
Jenica sufría del síndrome de Gorlin, también
conocido como síndrome de nevo basocelular, o BCNS (por
sus siglas en inglés), el cual es un raro trastorno
genético caracterizado por cánceres proliferantes de
piel.
Tumores similares ocurren en el tipo de cáncer más
común, el carcinoma basocelular, que afecta a más
de 750.000 norteamericanos. Pero, a pesar de que mucha gente
tendrá algún día uno o dos tumores de este tipo,
causados generalmente por una excesiva exposición al sol, el
cuerpo de Jenica estaba cubierto con ellos.
"Los doctores me dijeron, 'tienes más de 200
carcinomas'", recuerda Jenica, quien ahora tiene 21 años.
"Dijeron, '¿qué quieres hacer?' Dije, `quiero
sacarlos a todos; tírenlos al horno y quémenlos'. A los 6
años, no quería lidiar con ellos. Pero los doctores se
cercioraron de que supiera que iba a tener que tomar decisiones que la
mayoría de los niños no tienen que tomar".
Al principio, Jenica creyó que su vida no cambiaría
mucho. Pero cuando ella les contó a sus compañeros de
primer grado sobre la enfermedad, "sus padres dijeron, 'no
juegues con ella. No tengas nada que ver con ella'", recuerda.
"Recuerdo el día bastante sombrío en el que me
senté y conté cuántos amigos tenía y
cuántos me quedaban. El primer número era 48, el segundo
número era 6".
Durante los años siguientes, los médicos quitaron
quirúrgicamente los carcinomas de Jenica, unos pocos por vez.
Pero había una falla en lo que Jenica llama "la
cirugía clásica: bisturí, suturas, todo lo que eso
implica". Lo que más odiaba era que le quitaran los
puntos. Entonces la cirugía dejaría cicatrices y de
cualquier manera los tumores crecerían de nuevo. Y luego
aparecieron quistes en la mandíbula, otra manifestación
común del BCNS, que se forman alrededor de los dientes de leche
y, en el caso de Jenica, se hicieron tan grandes como pelotas de
Ping-Pong. Los cirujanos los quitaron, junto con tres de los dientes de
Jenica y una buena porción de su maxilar. Pero Jenica
perseveró. Puedo lidiar con la enfermedad, dice, y si otras
personas no pueden hacerlo, es su problema. "Sí, estoy
enferma", dice. "Si no te gusta, ahí está la
puerta, te invito a salir".
Actualmente, Jenica Chekouras se encuentra en el último
año de la Universidad de Wisconsin-Madison, y está
considerando dedicarse a la abogacía a menos que, por supuesto,
alguna vez termine la novela que está escribiendo. Cualquier
persona que la vea caminar por la calle probablemente nunca se de
cuenta de que es diferente. Ella es una mujer alta y esbelta, con una
atractiva sonrisa, y sólo si se la mira de cerca se pueden ver
unas pocas marcas en su cara que parecen lunares. Tiene novio y no
tiene suficiente tiempo en su ocupado horario para visitar a sus
doctores. Su sueño es viajar alrededor del mundo y morir
cómodamente en su casa cuando tenga 102 años.
A pesar de que todavía no hay un tratamiento real para la
enfermedad de Jenica, ella ha desempeñado una función
vital en el intento de solucionar un misterio médico notable. Su
contribución le ha dado a los científicos una nueva
comprensión de la base genética del carcinoma basocelular
así como también del BCNS que puede conducir
algún día a la curación de ambos.
Gary A. Taubes
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 Jenica Chekouras, quien ayudó a resolver un misterio médico, descansa en el jardín del centro universitario de la Universidad de Wisconsin.
Foto: Kay Chernush


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